En Monterrei, Orense, un antiguo roble resiste erguido, aunque su tronco y ramas, quemados en el incendio del pasado agosto, son un recordatorio del devastador fuego que arrasó más de 100.000 hectáreas en la provincia. A su alrededor, los restos de arbustos calcinados parecen rendir homenaje a la naturaleza gallega, que, a pesar de las cicatrices visibles, lucha por renacer en medio de un suelo ennegrecido.
La situación en Cualedro
En Cualedro, una de las áreas más afectadas por el incendio, se percibe una calma inquietante. Eusebio, un residente, expresa su resignación al afirmar que “este año ya no queda nada que arder”, aunque anticipa que la maleza volverá a crecer en el futuro. Por su parte, Miguel Fernández, quien perdió su explotación avícola, recuerda cómo las llamas destruyeron su granja, donde criaba 19.000 gallinas. A pesar de haber tomado precauciones, como desbrozar el terreno, el fuego arrasó con todo. Hoy, solo permanece un espacio vacío, marcado por la pérdida de su actividad agrícola.
Con 63 años y sin un sucesor en su familia, Miguel no planea reinvertir en recuperar lo que perdió. La indemnización del seguro no compensó la devastación y admite que no tiene fuerzas para empezar de nuevo. Desde el lugar donde estaba su granja, solo puede ver un paisaje de árboles quemados y un suelo que anhela volver a ser verde.
Impacto en otras explotaciones
Por otro lado, en la explotación vecina, la intervención de la Guardia Civil logró salvar a sus propietarios antes de que las llamas llegaran. Sin embargo, las colmenas cercanas no tuvieron la misma suerte y se perdieron en el fuego. Las lluvias posteriores arrastraron cenizas hacia los acuíferos, lo que afectará la potabilidad del agua de la localidad durante varios años.
La experiencia de incendios anteriores ha llevado a los agricultores a adoptar medidas preventivas. Gabriel, propietario de una granja en Vilar de Lebres, recuerda cómo un incendio en 2015 les enseñó a estar preparados. En esta ocasión, su familia logró salvar tanto la casa como la granja gracias a estrategias como colocar cubos de agua y mantener el perímetro rociado. No obstante, Gabriel también se siente resignado ante la posibilidad de que esto vuelva a suceder.
La memoria del fuego y la esperanza de recuperación
En A Veiga das Meás, los vecinos no olvidan el temor que vivieron el año pasado cuando el fuego se acercó a sus hogares. La acción colectiva fue clave para extinguir las llamas a pocos metros del pueblo. Argentina, una residente, ha tomado la iniciativa de desbrozar su finca y la de sus vecinos, asegurando que el entorno esté limpio de malezas, lo que contribuye a una mayor seguridad en caso de nuevos incendios.
Un año después del devastador incendio, el paisaje de Orense sigue mostrando los efectos de la tragedia. Aunque hay signos de recuperación, la comunidad permanece alerta ante la amenaza de futuros incendios. Según informó ABC, la combinación de la falta de vegetación densa y el esfuerzo colectivo de los habitantes son elementos cruciales para mitigar el riesgo de nuevos desastres.



