InicioCultura y OcioAlejandro del Río: Yo he visto la muerte

Alejandro del Río: Yo he visto la muerte

El arte de la tauromaquia combina inteligencia y valentía, tal como lo estableció Pepe Hillo, quien sentó las bases para enfrentar el desafío de lidiar con el toro. Sin embargo, en ocasiones, las normas pueden fallar o el torero puede cometer un error, y en otros casos, es el propio toro quien se equivoca. En este contexto, Hillo perdió la vida a manos de un toro llamado Barbudo el 11 de mayo de 1801, en la plaza de toros de la Puerta de Alcalá. Las estadísticas sobre cogidas y muertes en la tauromaquia están registradas con rigor: se documentan la fecha, el lugar y el nombre del toro, quedando así ligados para siempre al torero que sufrió el desenlace trágico.

Reflexiones sobre la muerte en la tauromaquia

El libro ‘La muerte del espontáneo’, escrito por Manuel Arroyo-Stephens, presenta relatos precisos sobre la experiencia de enfrentarse a la muerte en el ruedo. El autor describe un momento impactante: «En su único derrote el toro fue certero; como si tuviese aprendido el sitio del corazón». A través de su narrativa, el autor transmite que la muerte tiene una forma particular de manifestarse, dejando huellas evidentes no solo en el cuerpo del torero, sino también en su expresión.

Arroyo-Stephens también recuerda un episodio anterior, en el que el torero conocido como el Yiyo tuvo que lidiar con el toro que había herido gravemente a su colega Paquirri. Antes de que el toro saliera, el Yiyo se dirigió al Soro con un comentario inquietante: «Vicente, ¡vaya tela!», reflejando el asombro y temor que invadieron el ambiente. Esta situación se intensificó en Albacete, donde el público, atónito, reaccionó tras la cogida mortal de un espontáneo, en un momento marcado por la luz del atardecer.

La soledad ante la muerte

El autor también menciona a figuras como Belmonte y Wittgenstein, quienes abordaron la muerte desde perspectivas diferentes. Belmonte, cuando ya no pudo burlarla más, decidió enfrentarla, mientras que Wittgenstein optó por esperarla en calma. Esta dualidad en la percepción de la muerte se traduce en la emoción inherente al toreo, donde la soledad del torero ante el toro genera una conexión profunda.

Según informó un medio especializado, estas reflexiones subrayan la compleja relación entre el arte de torear y la muerte, una constante que ha marcado la historia de esta tradición cultural.

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