Un viaje en el tiempo
En un Renault Dauphine de segunda mano, matrícula B-246728, una familia partía de Barcelona en plena madrugada. Era la década de los sesenta y en el vehículo viajaba un niño de siete años y su hermano de dos. Antes de abandonar la ciudad, el niño ya se sentía mal, un síntoma que sus padres atribuían a los nervios, aunque en realidad podría interpretarse como una mezcla de ansiedad e emoción ante el viaje.
La infancia y sus recuerdos
Durante su niñez, cualquier evento que alterara la rutina le provocaba malestar físico, lo que generaba en él una sensación de culpabilidad, como si su malestar arruinara las vacaciones familiares. En un momento significativo, vomitó en su primera comunión, lo que refleja la angustia que sentía en situaciones especiales.
Momentos de diversión y recuerdos sensoriales
Para distraerse durante el trayecto, la familia cantaba canciones infantiles, como la de un elefante columpiándose en una tela de araña, imaginando que contaban hasta trescientos elefantes. Este juego refleja la fantasía infantil y la capacidad de asombro que caracterizaba sus viajes. En el camino, hacían paradas en Lleida para comprar frutas, que llenaban el vehículo de un aroma que aún permanece en su memoria.
Aventuras y contratiempos en el camino
El viaje no estuvo exento de problemas mecánicos. El coche se calaba constantemente y su padre se quejaba de la chapuza hecha por un amigo que le había vendido el automóvil. En una ocasión, el vehículo se averió en Peñafiel, lo que les llevó a pasar dos días en un hostal donde los amables propietarios le dejaron probar unas gafas. Este episodio se convirtió en un recuerdo duradero, a pesar de que los detalles del viaje se desvanecieron con el tiempo.
La memoria y su selectividad
El autor reflexiona sobre cómo ciertos recuerdos perduran, mientras que otros se desvanecen. Recuerda olores, momentos y objetos específicos, como el aroma del ‘skay’ del asiento del coche, que le anticipaba el malestar que sentía, en contraste con las memorias más significativas de su llegada a Salamanca. Narra momentos entrañables con su abuela y su familia, como el sabor del hornazo que ella preparaba, así como el ambiente del parque de la Alamedilla.
La naturaleza caprichosa de la memoria
Finalmente, el autor concluye que lo que recordamos no siempre está relacionado con la importancia de los hechos. La memoria actúa de manera caprichosa, eligiendo conservar detalles inusuales mientras olvida momentos clave, reflejando así la complejidad de la experiencia humana. Este viaje familiar, con sus altibajos, se convierte en una alegoría de la propia memoria y de cómo se construyen los recuerdos a través del tiempo.
Según informó un medio, este relato resalta la conexión emocional que tenemos con los viajes familiares y cómo estos momentos se entrelazan con nuestras identidades.



